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El poema como gesto, Chantal Maillard

Una gota de agua sobre una hoja es infinita. Esa gota de agua en esta hoja, ahora, en este instante. Es la experiencia del haiku.

Quien fuese capaz de mantenerse en esa inocencia del inicio, preguntando como aquél niño ¿cómo se llama esto?, viendo el “esto” antes de que el concepto lo enturbie, lo…vele, no recurría a grandes palabras en sus escritos. En vez de escribir la muerte, por ejemplo, haría intervenir a una persona muerta, infinitamente ausente, o en vez de escribir el amor, escribiría… ¿qué escribiría?

Es difícil escribir sin ideas. Las palabras que dicen los sentimientos están cargadas de ideología. Los sentimientos se inventan, se fabrican de acuerdo con los modos y los usos de cada época. Y, luego, rodando, como pelotas empujadas por los escarabajos, aumentan de tamaño. Y acumulamos, un lastre. Sentimos como pensamos. Y llega un momento en que somos incapaces de saber qué podría haber si prescindiésemos de ello.

No quiero pecar de purista: el ojo no es inocente, nunca. Es evidente que ver es reconocer, que sin cierta “decoración de interiores” en la mente, no percibiríamos nada. Que la visión está cargada de teoría es un hecho. No existe eso de percibir el mundo en su original pureza. Ver es pensar y no se piensa en vacío. Pero por eso, precisamente, esta el poema. Trazándose. Cruzando los hilos, esos que la mente segrega, más araña, la mente, más poiética en su hacer teórico que el poema.

Pero, ¿habremos de seguir llamando cosas a “las cosas”? ¿No será mejor hablar de acontecer, de ritmos, de in-tensidad sonora? ¿No será precisamente debido a eso, debido a la costumbre de fragmentar, de cosificar, y de la forma en que la gramática de las lenguas indoeuropeas asegura una determinada articulación del mundo (a su imagen y semejanza) que no seamos capaces de soportar el hálito que surge de entre las desgarraduras del tejido?

Aquietarse. Escuchar. Respirar.

Tal vez sea cuestión de elegir otro contexto, otro universo sensorial. Reemplazar los mapas visuales (cosas, lugares, etc.) por mapas auditivos, por ejemplo. Recordemos, en Grecia, la noción “musical” del hacer poiético, el poeta “inspirado” actuando al dictado…La inspiración es una recepción. El poeta recibe algo y lo transmite. Recibe oyendo. Previo al oír, hay una escucha. La escucha es lo que permite al poeta tener algo que decir. ¿Qué tipo de escucha es esta? ¿Un respirar, tal vez?

El diagrama chino que se utiliza para significar al sabio es el de una oreja desmesuradamente grande. El entusiasmado, el poeta oracular comparte con el sabio chino la capacidad de atemperarse, de reducir su tiempo. Y, sin duda, de eso se trata, de un cierto aquietamiento.

Por supuesto no ese un estado permanente; es una actitud. Por eso no existe el poeta, sino tan sólo personas que en ocasionas han sabido aquietarse lo suficiente. ¿Lo suficiente para qué? Escuchemos tan sólo un instante. ¿No será tiempo, ahora de recuperar la escucha? La inspiración forma parte de la respiración. Nuestra respiración. Nuestro ritmo. Pero también de aquellos que tenemos a nuestro lado. El ritmo de los otros, el de las cosas siendo. El de una pared, por ejemplo, el de una piedra…Entre todos, sucedemos.

Hablar de suceso en vez de hablar de realidad permite proceder a la e-liminación de los términos. Hablar de vibración en vez de hablar de hablar de cosas permitiría abrir otro universo comprensivo. Un universo en el que nada se detiene, en el que todo con todos estamos en proceso, un mismo proceso com-partido. Cada cual, una trayectoria vibrátil que converge, se superpone, confluye, desaparece. Yo sucedo al tiempo que esta mesa, que ustedes…Confluencias. ¿Tiempo? Otro tiempo. El de los relojes, no; nada que solidifique las fuerzas. Un tiempo que permita acontecer entre todos y, a la vez, dar cuenta de ello. Entrenarse en ello, en esa temporalidad del suceder tal vez sea cuestión de escucha, no de discurso.

Observemos a un gato jugando con un ser humano. Juegan al escondite alrededor de una mampara. Cuando aparece la cabeza de uno por un lado, el otro esconde la suya. El cuerpo queda del otro lado de la mampara, descabezado. Pero el gato siempre se anticipa al movimiento del humano, siempre sabe por donde va a aparecer. ¿Por qué? ¿Será que el tiempo del felino es diferente al nuestro? ¿El tiempo, o la atención? ¿Es el tiempo una forma de nombrar la atención? El hecho es que cuanto mayor sea el nivel de atención, más se dilata el tiempo. ¿No será que el gato anticipa porque tiene más tiempo para el gesto? ¿No será que lo que nosotros llamamos acierto, para él es, simplemente, el aprendizaje del ritmo, de otro ritmo, del ritmo del otro?

El poema requiere ese tipo de atención. El que escribe es un felino al acecho. La trayectoria es la presa. El poema es el gesto.

Y en el gesto, el ritmo. Ritmo que forma sentido, sentido que, preverbalmente, es una dirección, una inclinación del organismo a seguir una pauta, una traza, un gesto del espíritu -¿espíritu?- del hálito. Expiración.

(Fragmento de la conferencia

PEQUEÑA ZOOLOGÍA POEMÁTICA

Chantal Maillard)


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