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Mostrando las entradas etiquetadas como 4.La extensión

Distancia escrita

Cruzando ese paisaje de matorrales secos y latas que son las afueras, dejando atrás algunas tapias rotas, evitando las hileras de farolas que vigilan en el borde de la autovía, ...pisando cada palabra en los terrones, parándote al final de esa frase escrita con temblor de álamos, cerrando los ojos, abriendo el aroma de acequia que llega a última hora, ...tumbándote, al fin tú mismo, qué se pensaban, sobre esa lejanía que nos han robado. Atravesando entre utensilios la espalda tendida de otro día, su piel pisada, la acera de sus muslos manchados, atravesando el cuerpo sucio de la luz, oliendo el frío y la distancia en ráfagas por la boca de la calle, la pared mugrienta, la esquina torcida de un mal gesto, bebiendo el ácido goteo de la costumbre en las canales, he llegado al instante azul de la noche, he abierto la puerta muy despacio y desnudo, entre las telas colgadas, he cruzado mi cuerpo hasta el principio dispuesto a no regresar.

Punto de fuga

Al final de toda perspectiva las líneas se desdibujan roídas por el terror de los piornos. Las crestas recortan contra la profundidad los límites del pensamiento y sólo las nubes cruzan al otro lado. No obstante, cualquier día comienzas a caminar esa distancia de senderos que ascienden hacia el frío, pisando cascotes y restos de muebles barnizados. Tu propia casa es un vestido que se quiebra en la intemperie manoseado por el viento. Los retratos rotos, una muñeca rusa, las lámparas volcadas formando charcos de luz donde los perros se detienen a beber y todas las figuras de la mesita con el corazón abierto: es el rastro que dejas cuando cruzas la extensión.

El insecto hundido junto al corazón

Acercándose al hueco con el mismo temblor que las briznas en esta sierra de Lóquiz, bajo la algarabía de la luz en el castaño ha cruzado la mejilla con patas endebles y pequeñas pisadas sobre los terrones, con la lentitud de un corazón cansado y feliz. Ahora sólo respira y es suficiente, mientras la sombra que olvida la luz a sus espaldas saborea con su mano un cuerpo con todos sus árboles, sus piedras, su extensión reseca que castigó el sol y esos rincones junto a los muslos, entre los helechos, donde nace el agua. Acercándose al hueco, llega hasta el temblor de los labios y siente el aire que surge desde la profundidad. Hacia dentro, por el hueco va ya el caminante, guiándose sólo por el latido.