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Los viejos creyentes (Vasili Peskov, Editorial Impedimenta)

 


Los viejos creyentes (Vasili Peskov, Editorial Impedimenta) es un libro cuya lectura cuesta dejar cuando se empieza. En 1937 un matrimonio cristiano ortodoxo ruso siente peligrar sus rituales y viejas creencias. Hay sobre eso toda una historia de más 300 años, que se puede consultar en internet. 

Ese matrimonio se aisló del resto del mundo con sus hijos, de por vida, en un paraje inhóspito de la taiga siberiana, a doscientos kilómetros del lugar más cercano habitado por seres humanos. Durante cerca de cincuenta años vivieron sin contacto alguno con el mundo. Querían preservar intactos sus rituales y la pureza de sus creencias. Dicho así, podríamos pensar en alguna especie de fanatismo, pero se descubre algo muy distinto cuando uno entra en su isla de supervivencia y precariedad, entreverada por la devoción. 

Algo intacto dentro de sí mismos, no expresado, lo permea todo. Su don, lo que yo considero su don, no fue quizás la creencia, que es algo exterior, otra más de las muchas construcciones posibles y válidas según la situación, el contexto y la predisposición de cada vida. Lo que yo considero su don es el reverso de su creencia. Se trata de una confianza que casi nos ha abandonado, que no sabemos reconocer ya dentro de nosotros.

Confianza ¿en qué…? ¿Dios? ¿la vida eterna, algún paraíso? ¿los rituales? Podría no haber consistencia ahí, según se mire. Pero, por otro lado, tampoco habría consistencia en una supuesta confianza, más cercana a nosotros, en la ciencia, la razón, el progreso... Estoy convencido de que, aunque lo parezca, no son las creencias lo que da fuerza en cada situación y en cada contexto. Tampoco en el caso de los viejos creyentes.

Confianza, entonces, ¿en qué?

Estamos imbuidos, más o menos conscientemente, por la idea de IR, de estar yendo siempre hacia algún sitio, fuera de nosotros, siempre un poco más allá, como si existiera algo parecido a un progreso continuo, o podría ser también declive continuo, da igual. El asunto es que percibimos una línea alargándose en el tiempo y una línea de espacio infinito, ambas ajenas a nosotros, desgajadas de nosotros. Nos sentimos arrojados hacia un objetivo exterior a nosotros mismos, un destino, una misión, que nos esforzamos por distinguir, por identificar... ahí fuera. Buscamos de mil maneras esa identificación que nos proyecte adecuadamente, acertadamente, certeramente... en ese otro tiempo ajeno, asumido, del… tener que ir más allá.

Los viejos creyentes se sumergieron, sin embargo, en un lugar y una situación vital desde donde no podían llegar a ningún otro sitio más que hasta sí mismos, hasta su propio interior, crudo, sin artificios. Ese es, para mí, el relato. Sorprenden muchos detalles de la vida cotidiana y la supervivencia, sorprende realmente que ninguna de esas dificultades logró quebrantar una confianza imperturbable, quizá más bien la fortaleció. Quien se aventure o haya aventurado con este libro tendrá su propia opinión.

Pero confianza… ¿en qué, entonces? 

Ritos, creencias… todo eso les acompaña, ocupa un tiempo fundamental. Parece que siempre hace falta una arquitectura mental, un andamiaje de ideas que dé consistencia al espacio vital que ocupamos y nos sostiene. Pero ¿es eso suficiente para sobrevivir en esta taiga, hoy ya cada vez más abrupta, de la propia vida?

Confianza sin qué. Sin necesidad de ser, de ir. Hay algo intacto, suficiente por sí mismo, dentro de cada uno de nosotros... sin necesidad, sin tener que... ir. La sensación que uno tiene al terminar de leer es que podríamos haber retirado las vigas o el andamio de sus viejas y, posiblemente para la mayoría de nosotros, anticuadas creencias, y ellos habrían seguido caminando exactamente igual, ajenos al abismo bajo sus pies, y rezando las mismas oraciones durante diez horas al día, por mucho que alguien les demostrara supuestamente su inutilidad. Confianza sin qué. ¿Cuál es nuestra capacidad de sostenernos sobre este abismo que hoy en día ya se hace poco a poco más evidente?.

Dejo aquí un vídeo documental que trata sobre Agafia, la última persona superviviente de aquellos viejos creyentes y protagonistas del libro, por si a alguien le apetece ponerle imagen, voz y rostro a esta historia. Pero os aseguro que la lectura del libro no puede ser sustituida por este documental, ni otras fuentes de internet. Leer se convierte en raras ocasiones en una experiencia. Este libro, en mi opinión, es la oportunidad de adentrarse uno mismo en una experiencia de indagación propia a través de esa otra experiencia de la extrañeza y el encuentro con personas que escogieron a través del aislamiento otra manera de mirar lo que somos.

Publicado inicialmente en el desaparecido blog Lana de voz



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