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La brecha o la distancia habitable


Suele ocurrir que el poema que nace más dudoso, desde la pura perplejidad, termina por hacerse camino y mapa de los que lo frecuentamos. Sus versos, cargados de silencios, terminan siendo nuestras proclamas a pesar de su precariedad y falta de certezas. “Y, sin embargo, ser no tiene vuelta de hoja…” decía Nicolás Valencia en uno de los pocos poemas que él mismo salvó de entre todos sus escritos, que en su mayoría destruyó y que en muy raras ocasiones quiso compartir. Él vivió “tentando los límites” de ser, apurando la fragilidad de la hoja, “insegura de raíz en el árbol”, asomado al vértigo que siempre termina por aparecer como un viaje mortal: “cuando caes, ya lo que era, es. / Entonces vuelta a empezar.” Comenzar la vida un día después de otro, “muriendo a cada paso”. “Deja que la mentira te ayude o / llámalo dios si así te parece.” Él, sin embargo, miraba la vida desde la desnudez, sin apenas ayudas. Inevitablemente tantas veces terminaba por huir, torcía una y otra esquina hacía sí mismo, dejándonos aquella ráfaga pertinaz de sus ojos azules, en el fondo de los cuales, paradójicamente, se adivinaba una extraña serenidad que contradecía la huida; su mirada, enigmática como los nombres a los que interrogaba.

Lo cierto es que a pesar de todo amanece y
los nombres brillan como estrellas limpias,
enigmáticos en su cercana lejanía.
¿Tienen carne y hueso los nombres?
Deja que te mire, si me caes bien
puede que pronuncie el tuyo y durmamos al fin,
yo, que ni nombre ni carne ni hueso ahora,
ahora que vuelo extrañado.

Y así extrañado, torció aquella esquina de la avenida de Portugal de Leganés, después de que su mirada me interrogara, o me buscara a través de la espesura de tanto silencio como todos tenemos acumulado y no sabemos decirnos, buscando un nombre imposible, las palabras que aquella tarde se nos resistían a los dos y que nunca podrían ya enlazarnos. No lo volví a ver. Me quedó de aquella mirada una abertura, me quedó un espacio semejante al roce entre dos palabras cuando ellas abren el silencio de un poema, éramos él y yo, y entre los dos, precisamente, el entre, la brecha, la abertura, eso algo habitable, a la vez que imposible. El encuentro con lo que jamás podrá encontrarse, si recordamos a Celan.  Fue dos meses antes de su muerte, a finales del 2008. Entonces sus amigos esperamos las palabras de aquellos pocos poemas que él, tiempo antes, había entregado a Andrés Mencía, impulsor y alma de aquel Colectivo Patrañas de Leganés, quien con tanto cariño se esforzó para publicarlos en la colección de poesía de Patrañas Ediciones. Del libro Sala para fumadores, dividido en tres partes quiero resaltar aquí la central que, bajo el título de Y lo que vino después, contiene un puñado de poemas que constituyen en realidad distintos acordes de un único poema. Su tema principal es la palabra y la incomunicación que esta acarrea, o lo contrario, la búsqueda de la comunicación a pesar de la palabra, algo que bien podría definir la tarea de todos aquellos que alguna vez se han adentrado sin remedio en las brumas de la poesía, de una determinada manera de entender el poema, aquella que tiende al silencio.

se hará el silencio, olvidado en horas, en días de ruido,
para al fin nombrarnos sin ellas: dentro.

“Si somos palabra, a mí que me arranquen la lengua”, proclama Nicolás con contundencia, consciente de la perversidad del lenguaje como vehículo de poder. Decir poder arrastra necesariamente hacia el otro lado, hacia el margen, si queremos mirar, y esa era precisamente la mirada que Nicolás era incapaz de evitar, la del dolor y el sufrimiento. Un dolor que nunca obtuvo de él la más mínima complacencia, porque rechazó cualquier “refugio en la teoría”, porque percibía la vida sin filtros protectores.

¿Hay algo que decir?
Me falta el aire pero fumo con ganas.
Vuelvo a casa.
De todo lo que ocurre, he vivido vuestra locura hoy,
la que desgarra.
Fuera juegan los muchachos sanos, felices. Nada.
No hay motivo para que gritéis,
¿qué importa que otros lo hagan?
Ellos son los que desean morir,
¿quién dijo que somos un destino de muerte?
Presente es el amor quebrado, roto.
Observo y siento vuestro grito silenciado,
a duras penas audible tras estas paredes viejas.
No hay motivo para llorar,
las historias tristes también me gustan.
Estamos juntos, ¿qué otra cosa se os ocurre?

De todo, esto fue el título que dio a este poema escrito en una clínica psiquiátrica. A los psiquiatras dedicó Nicolás demasiado tiempo y parece que ellos no supieron ni siquiera acompañarlo. Escribe Andrés Mencía en el postfacio: “No faltarán, sin embargo, quienes resuman la propuesta poética de Nicolás Valencia como los poemas de un esquizo. Dirán una gran verdad. Es más, difícilmente se puede escribir ya poesía lejos de la esquizofrenia que nos atormenta a la mayoría. Pero es una verdad inútil. De su Sala para fumadores, lo que merece la pena destacar es que en cada uno de sus poemas aletea el asombro, y que en ellos se abre paso una propuesta de otro mundo…” Estamos juntos,… quizá no hay mucho más que hacer o decir o sentir... si todo finalmente conduce al silencio, este podrá ser un silencio fecundo.

Así dicho, sin palabras o con tus ojos charlatanes,
lo que parecía cae en mi tierra y germina.
.
Ahora sé que lo otro no era nada, nada de nada, y
que es tan ancho como el mundo el hombre y
sin embargo todo es cercanía, o sea,
lo que conocemos en el principio.


Esta es la respuesta de Nicolás, desbrozada en poemas que aluden al innombrable territorio de lo que parecía… germina, lo que era, es… se trata de una especie de territorio perdido quién sabe en qué lugar de nuestro ser, en todo caso intuido como imposible.

Ahora lo sé, pero no quiero nombrarlo para ti,
sería el fin.
Instante en que te quiero y se escapa.

Silencio. Y fertilidad del silencio. Porque queda algo dentro, ahí, detrás del cristal de la mirada, brecha o abertura, y el que no quiere o no sabe mirar o aparta su mirada con miedo o cordura es el que realmente está comenzando a morir. Queda la fuerza de aquella mirada destilada en unos cuantos poemas, unos cuantos retazos de vida que con intensidad fijó, y queda la transparencia de sus ojos azules desmintiendo su huida, presentes aún cuando él ya había torcido la esquina en la avenida de Portugal, presentes aún hoy. “Entonces, eso será puro lenguaje”, dejó dicho en Eso, un poema impresionante en el que suplica: por favor, mírame…para cerrar mis ojos y que sean los tuyos los que amen, ahora no puedo.

Entonces, eso será puro lenguaje.

Entre una palabra y otra, en cada tú y cada otro, hay una distancia habitable y, a veces, el roce desgarra la abertura de un espacio destinado al aliento, como dejó escrito Celan.

Hondo
en la grieta de los tiempos,
junto
al hielo panal
espera, un cristal de aliento,
tu irrevocable
testimonio.

Sala para fumadoreses cristal de aliento, espacio para la respiración, en este mundo de sanos y pulcros y cuerdos y sensatos, un irrevocable testimonio.

En el milagro de permanecer juntos
huyo por el albañal, que la asepsia, como
la democracia, siempre me suscitó dudas.


Nota: La edición de Sala para fumadores, Patrañas –Ediciones, Junio 2009, queda tan lejana y además se agotó enseguida, pero es posible descargar el libro en pdf en el siguiente enlace:



Enrique Pérez Arco, Septiembre 2009






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