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...esto que no tiene palabras


Afortunadamente, yo nunca tuve que sufrir la escasez. Y hoy, cuando todo alrededor se tambalea pienso con agradecimiento. Sin embargo, conservo en algún lugar más allá del recuerdo, en la más escondida memoria, el signo de la carencia, de la pobreza y la celebración mínima. Mi cuerpo tiembla, en lo profundo de sus fibras mi cuerpo tiembla al tomar en el supermercado el pack completo de seis brik de leche de avena, como si no tuviera derecho, como si fuera excesivo. Y entonces arrastro el carro, pesadamente, por otro pasillo, encogido, tomado inesperadamente por el tiempo frágil. 

Por otro camino, con sus  bordes secos, sus briznas, su polvo triste. Voy regresando raramente lúcido, sin pensar apenas, como quien cruza aires y viento.  Ceno poco, y vuelve la punzada a la garganta. Al borde de las lágrimas, acojo este camino de escritura, como si alguien  quisiera decirse,  y no puedo, mi cuerpo no puede hacer otra cosa más que escuchar. ¿Quién quiere acaso lavar sus manos, enjuagar el polvo de la cara, el seco sabor de las briznas, derramar el agua fresca al caer la tarde, al caer otra tarde, con su engañosa dulzura? 

Hay poco que decir bajo la noche, poco más de lo que  dicen  los perros a lo lejos, pero alguien alguna vez podría contar esto que no tiene palabras y arrasa la garganta. Estar sola, estar tan sola,  con el vientre herido de soledad viva. ¿Qué podré poner en tu piel que sea fresco, que huela a fuente?

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