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Conquista de lo inutil, Werner Herzog

Junto a nuestra lancha, un cardumen de pececitos saltaba fuera del agua y volvía a sumergirse. Vi una caimán disecado, apoyado en la cola y cantando con una guitarra. Llevaba también gafas de sol. Un niño cargaba cinco caimanes pequeños en las manos y quería vendérmelos. Primero pensé que estaban muertos, porque colgaban muy quietos, relajados, y se dejaban agarrar por la cabeza, pero era más bien el agotamiento, porque el vendedor insistía en demostrar que aún les quedaba algo de vida poniéndoles la llama del encendedor debajo de la cola para que enroscaran el cuerpo como víboras. Una mujer joven amamantaba a un cerdo recién nacido que había quedado huérfano. Cuando los cerdos crecen, les atan alforjas de carga en el lomo y a andar. Las mujeres indígenas aman los dientes de oro. Contra la selva, los poderes del cielo son impotentes.

Antes de eso, en el río Huallaga, el barco paró en un lugar desde donde en realidad no se veía ningún pueblo. No había nada salvo un desembarcadero y una choza de chapa de zinc y unos motores rotos; sólo selva adentro debía de haber un par de chozas, porque oí gallinas y griterío de los niños.

Por la noche hubo silencio. Sólo las estrellas cantaban en la lejanía. De algunas caía polvo. Por entre los espectadores mudos hicieron venir hasta mí a un niño indígena llamado Walter, pequeño y desnudo, con la tripa inflada. Todavía no sabía hablar. Otro niño, de cinco años, me preguntó si no quería quedarme con el pequeño Walter, pues no tenía padre ni madre, sólo su sombra.





Conquista de lo inutil, Werner Herzog, Blackie boooks, 2010



"Yo soy un esclavo de mi mirada y yo he aceptado el destino de seguir mi vocación." Werner Herzog















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