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Literatura

Bajando desde el cielo hasta el Yerri, la piel roída del caballo cubre aún su esqueleto, en cuyo extremo reluce la blanca dentadura.
Fue bajando al final de una tarde marcada con la imprecisión del cardo amatista, cuyo color ambiguo brota como una joya de belleza intocable entre los pastos.
Él lo contaba luego en la taberna con estas mismas
palabras. Dijo también que hubo otro signo: al abandonar el hayedo, arriba, sobre las lomas desnudas de la Trinidad, la elegancia del caballo negro parecía un puente hacia la inexistencia. Por su único ojo, bajo el cielo, se derramaba toda la sierra de Andía. La extensión contiene signos que juntan nuestros pasos y el azar, dijo.
Sobre la madera gastada, su vaso de vino tan oscuro era el pozo de la noche. Otro signo. Como él.

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